Descerebrados
Con una esquela para el cerebro humano abría el otro día The New York Times. Le han puesto un nombre clínico a nuestra comodidad: rendición cognitiva

04.10.2026 | Redacción | Opinión
Por: Alejandro de Bernardo
Con una esquela para el cerebro humano abría el otro día The New York Times. Le han puesto un nombre clínico a nuestra comodidad: rendición cognitiva. Básicamente… que nos hemos cansado de pensar y le hemos dejado las llaves de la azotea a una máquina. Hemos dimitido. Hemos colgado las neuronas como el que cuelga las botas después de un partido embarrado. Es más cómodo que te lo den todo pensado, empaquetado y listo para consumir.
Hasta ayer, nos creíamos muy listos gracias al psicólogo Daniel Kahneman. Nos sentíamos la cumbre de la evolución. Él nos explicó que llevábamos dos velocidades en el cráneo. Dos marchas bien engrasadas. La primera: el lince, rápido, intuitivo. El que te salva de pisar un charco, el que esquiva un coche sin pedir permiso o te hace apartar la mano del fuego. La segunda: el perezoso, lento, concienzudo. El que arranca solo cuando la vida se pone verdaderamente cuesta arriba. Ese que bosteza y se despereza cuando toca rellenar un impreso de Hacienda o resolver un dilema moral de los gordos.
Pues bien, saquen el típex. Borren la pizarra. El lince ha mudado la piel y el perezoso se ha jubilado por invalidez tecnológica. Los profesores Steven Shaw y Gideon Nave han descubierto la tercera marcha: el Sistema 3. El artificial. Un engranaje de silicio que no duerme, no duda y, sobre todo, no nos cuesta ningún esfuerzo.
Es la ley del “no tienes que hacer nada” hecha código. El piloto automático que se ha instalado en nuestro día a día, colonizando el bolsillo del pantalón y la mesita de noche. Ya no decidimos nada. Nos da pereza hasta respirar por nuestra cuenta. Le preguntamos a la pantalla si va a llover esta tarde en lugar de mirar al cielo. Le consultamos qué camisa nos combina mejor con los pantalones para evitar mirarnos al espejo. O, lo que es más sangriento, le imploramos que nos diga qué demonios hacer si nos deja la novia. Buscamos un tutorial de algoritmo para remendar un corazón roto.
Delegamos la lógica, el armario y hasta el desamor. Aceptamos lo que dicta el algoritmo como si fuera palabra de Dios. Sin filtros. Sin masticar. Nos tragamos la papilla digital sin cuestionar los ingredientes. Nos rendimos a su lógica y la adoptamos como propia. Es un secuestro mental, pero con nuestro consentimiento firmado, las condiciones aceptadas y las cookies devoradas con alegría.
Y lo peor de todo es que ni siquiera nos quedará la lucidez necesaria para echar de menos la libertad que perdimos por el camino. Seremos autómatas con wifi. Una generación de clones perfectos que necesitarán que una notificación en la pantalla les recuerde si hoy toca estar tristes. Me niego a aceptarlo. Me rebelo. Quiero creer que la rebeldía humana sigue viva, indomable, oculta detrás de la pereza. La vida es demasiado caótica, imperfecta y hermosa como para que nos la dicte un procesador de datos de Silicon Valley. Los errores nos hacen humanos; las respuestas automáticas nos vuelven grises.
Aun así, por si la rendición es inevitable y mi cerebro decide declararse en huelga permanente, ya he tomado cartas en el asunto. He reprogramado a mi IA para las emergencias. Le he prohibido que me dé respuestas frías y masticadas. A partir de hoy, cuando acuda a ella en un momento de flaqueza, me responderá con el alma rota y la ironía afilada de Quevedo, o con la lucidez atormentada, melancólica y rebelde de Unamuno.
Si este cerebro mío se va a apagar para siempre, que al menos el eco de mi pantalla me devuelva el orgullo y la herida de los nuestros. Que al menos me hable alguien que, en lugar de solucionarme la papeleta, me pegue un grito desde el papel y me empuje a seguir sintiendo. A seguir pensando. A seguir amando. A seguir equivocándome. A vivir. ¿Será mucho pedir?.
Feliz domingo.
PD Te fuiste sin que te dieran la oportunidad de luchar por tu vida Mauricio, Lo peor es que ya no te veremos. Te quedas en Pili, Julio Alberto, Cristina y en tantos amigos que te queríamos. Un beso al cielo.



