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Opinión

Cuando el verano nos devuelve a Homero

El verano suele regalarnos algo que el resto del año nos niega con demasiada frecuencia, el tiempo

· 5 min de lectura
Cuando el verano nos devuelve a Homero
Antonio Hernández Lobo | CEDIDA

20.09.2026 | Redacción | Opinión

Por: Antonio Hernández Lobo

El verano suele regalarnos algo que el resto del año nos niega con demasiada frecuencia, el tiempo. Tiempo para entrar en una sala de cine con la familia cuando el calor aprieta, para recuperar una lectura olvidada o, simplemente, para dejar que una buena conversación prolongue la emoción de una película. Hace unos días salí del cine después de ver la adaptación de La Odisea dirigida por Christopher Nolan y, mientras regresaba a casa, comprendí que el verdadero protagonista de aquella tarde no había sido el cineasta británico, sino Homero. Tres mil años después de haber sido escrita, aquella historia seguía siendo capaz de reunir a varias generaciones alrededor de una misma pantalla y de despertar preguntas que, lejos de haber perdido actualidad, parecen cobrar un nuevo sentido en una sociedad que avanza a una velocidad vertiginosa.

No deja de resultar significativo que un director que ha construido buena parte de su prestigio explorando cuestiones tan contemporáneas como la memoria, el tiempo, la ciencia o los dilemas éticos derivados del progreso tecnológico haya encontrado precisamente en un poema épico de la antigua Grecia la historia que deseaba contar. Después de ver la película resulta fácil comprender que Nolan no ha acudido a Homero por nostalgia, sino porque ha reconocido en La Odisea un relato que continúa dialogando con nuestro presente. Los grandes clásicos nunca permanecen vivos porque los conservemos con respeto en una biblioteca; sobreviven porque siguen ayudándonos a comprender quiénes somos, incluso cuando creemos habernos alejado definitivamente de ellos.

Como profesor de Geografía e Historia en Nájera, una ciudad donde convivimos con el monasterio de Santa María la Real, con el Camino de Santiago y con la cercanía de San Millán de la Cogolla, en pleno Valle de la Lengua, no pude evitar acordarme de las muchas ocasiones en las que algún alumno me ha preguntado para qué sirve estudiar a Homero, leer a Gonzalo de Berceo o detenerse ante las Glosas Emilianenses, ese testimonio excepcional que nos recuerda cómo una lengua comienza a abrirse paso entre los márgenes de un manuscrito hasta convertirse en patrimonio compartido por cientos de millones de personas. Siempre he pensado que esa es una pregunta honesta, porque responde a la lógica de una generación acostumbrada a medir el valor de las cosas por su utilidad inmediata. Sin embargo, quizá la mejor respuesta no se encuentre en un discurso del profesor, sino en la decisión de uno de los cineastas más admirados del mundo de regresar a los orígenes de nuestra tradición cultural para construir una obra profundamente contemporánea.

Tal vez el problema nunca haya sido la vigencia de los clásicos, sino la forma en que, con demasiada frecuencia, los presentamos. Hemos dado la impresión de que Homero pertenece exclusivamente a las aulas, de que Gonzalo de Berceo es poco más que un nombre en un temario o de que las Glosas Emilianenses constituyen un dato que conviene memorizar antes de un examen, cuando en realidad todos ellos forman parte de una conversación que nunca ha dejado de producirse. Del mismo modo que Berceo convirtió la lengua romance en un extraordinario vehículo de creación literaria y que los monjes de San Millán dejaron constancia escrita de una lengua que comenzaba a abrirse camino, Nolan vuelve hoy a tender un puente entre la antigua Grecia y el espectador del siglo XXI. La cultura nunca ha avanzado destruyendo el pasado, sino reinterpretándolo desde las inquietudes de cada época.

Vivimos, además, un momento fascinante en el que la inteligencia artificial, la biotecnología o los avances científicos están modificando nuestra forma de aprender, de trabajar y de relacionarnos. Sería absurdo contemplar esa transformación con desconfianza, porque constituye una oportunidad extraordinaria para el progreso de la humanidad. Sin embargo, cuanto más sofisticadas son las herramientas de las que disponemos, más evidente resulta que ninguna de ellas puede responder por sí sola a las cuestiones verdaderamente importantes. La tecnología puede enseñarnos cómo hacer las cosas con mayor rapidez y eficacia; la historia, la literatura o la filosofía siguen siendo imprescindibles cuando queremos preguntarnos por qué merece la pena hacerlas, cuáles serán sus consecuencias o qué responsabilidad tenemos con las generaciones que nos sucederán.

Quizá por eso sigo creyendo que la misión de la escuela no consiste únicamente en preparar para una profesión, sino también en formar ciudadanos capaces de comprender el mundo que habitan. Educar nunca ha significado acumular datos, sino aprender a interpretarlos; nunca ha consistido solamente en adquirir competencias, sino también en desarrollar el pensamiento crítico, la curiosidad intelectual, la sensibilidad y la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Desde un aula se comprende con facilidad que las Humanidades no compiten con la ciencia ni con la tecnología, porque unas y otras se necesitan mutuamente. Allí donde unas ofrecen respuestas, las otras continúan formulando las preguntas sin las cuales ningún progreso puede considerarse verdaderamente humano.

Al salir del cine pensé que, si una sola persona siente la curiosidad de abrir por primera vez La Odisea después de ver la película de Nolan, el director británico habrá conseguido mucho más que realizar una gran producción cinematográfica. Habrá tendido un puente entre el mundo clásico y el nuestro y, quizá, despertará también el deseo de acercarse a San Millán de la Cogolla para descubrir que, mientras en Grecia nacían algunos de los grandes relatos de Occidente, siglos después, en un rincón de La Rioja, unas sencillas anotaciones al margen de un manuscrito y la obra de Gonzalo de Berceo contribuirían decisivamente a la historia de nuestra lengua. El viaje de Ulises continúa y, de alguna manera, también pasa por el Valle de la Lengua. Porque los clásicos no son un refugio desde el que contemplar con nostalgia el pasado, sino una brújula extraordinariamente valiosa para comprender quiénes somos y hacia dónde queremos caminar.

Antonio Hernández Lobo

Profesor de Geografía e Historia en Secundaria y Bachillerato. Director del IES Rey Don García de Nájera. Miembro del Consejo Escolar de La Rioja. Concejal en Uruñuela.
Uruñuela, La Rioja, España.

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