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La insumisión de los buenos

Miren a su alrededor. El arte de verse y quedar bien es una profesión de riesgo

· 4 min de lectura
La insumisión de los buenos
Alejandro de Bernardo Rodríguez | CEDIDA

20.09.2026 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo Rodríguez

Curva a la Izquierda

adebernar@yahoo.es

Miren a su alrededor. El arte de verse y quedar bien es una profesión de riesgo. Una especie en peligro de extinción. Algunos nacen con el don. Esos elegidos que caen de pie en cualquier charco. Otros se lo curran durante años en el gimnasio de la empatía. Y luego está esa inmensa mayoría a la que, seamos francos, plin. Les importa tres pimientos. O dos pimientos y un pepinillo.

 Ojo, no me confundan el tocino con la velocidad. No hablo de ir por la vida repartiendo sonrisas falsas o practicando ese "quedabienismo" barato de postureo y palmadita en la espalda. Qué va. Hablo de algo mucho más hermoso. Hablo de cumplir. De estar cuando se dice que se va a estar. De aparecer cuando se debe, no cuando a uno le cuadra en la agenda del propio ombligo. A eso le llamo tener clase. Una asignatura que no se estudia en ninguna universidad privada de moqueta y corbata. Se mama en la mesa familiar o se va tallando a base de pequeños esfuerzos diarios. Casi nada. Valores de toda la vida, de esos que ahora parecen guardados en el baúl de los recuerdos. 

 Les hablo de amabilidad, de puntualidad… de esa bonita costumbre de respetar el tiempo ajeno. Del respeto con mayúsculas. De saber escuchar, que para algo la naturaleza nos dio dos orejas y una sola boca, aunque algunos se empeñen en invertir las proporciones. Hablo de no juzgar a la primera de cambio y a ser posible mal. De ser considerado con el vecino que arrastra los pies y con el desconocido que te cruzas por la calle con la mirada perdida. 

 Claro que cuesta. Faltaría más. Obliga a salir de la zona de confort, ese sillón mullido donde nos encanta apoltronarnos. Exige ponerse en los zapatos del otro. Del amigo que sabes que las está pasando canutas y al que siempre dejas "para llamarlo mañana". O de esa vecina que se ahoga en la soledad y a la que un "buenos días, ¿cómo va la vida?" le sabría a gloria bendita. 

 Claro que este arte de la decencia cotidiana absorbe. Como todas las artes buenas. Pero si la humanidad no se ha ido todavía al garete es por ellos. Por esa resistencia invisible. Esas y esos que mueven el mundo sin hacer ruido. Una generosidad silenciosa que no cotiza en bolsa pero que sostiene nuestra sociedad. Es la gente que cuida, la que comparte lo poco que tiene, la que regala su tiempo. El problema es que hoy el patio está complicado. Practicar la bondad es casi un deporte de alto riesgo. 

 Vivimos metidos en una batidora de narcisismo. Podemos dividir el mundo entre los que miran la pantalla buscando un aplauso virtual y los que se tropiezan con la realidad por no levantar la cabeza. Nos quieren aislados, dóciles y egoístas. Y si miramos hacia arriba, hacia el fango de la política, el cinismo ya alcanza niveles de campeonato. Es desolador ver a tanta gente y a tantos líderes rasgarse las vestiduras, llenarse la boca de golpes de pecho y solidarizarse de cara a la galería con el drama de Ceuta o de nuestra propia tierra. Mucho tuit compasivo, mucha corbata compungida, pero a la hora de la verdad, cuando toca abrir las puertas de sus comunidades para acoger a un solo menor no acompañado, miran para otro lado y cierran el pestillo. Exigen humanidad al vecino. La que ellos no tienen. Qué poca clase. Qué poca vergüenza. 

 Por eso mismo, apreciados lectores, la única salida es la insumisión de los buenos. Toca rebelarse. Un motín pacífico, alegre y testarudo contra la mala educación, la hipocresía y la desidia. Aunque suponga un esfuerzo titánico. No podemos dejarnos arrastrar por la indolencia ni por el frío cálculo de quienes comercian con la solidaridad. Hay que volver a ponerse guapos por dentro. Quedar bien, de verdad, con el corazón en la mano y compartiendo el peso del prójimo, es nuestra última y más hermosa revolución. La que se enfrente a la turbina de odios que siempre hará incorrecto cualquier lado de la historia.

 Feliz domingo.

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